Realidad

El espejo estaba roto en sus bordes y reflejaba una realidad amarillenta, vieja y desigual. Un hombre pálido se auto-observaba mientras se colocaba el chaleco con manos temblorosas y dedos de pianista. Huesudos, largos, que por las prisas se enredaban unos con otros como si se tratase de una enredadera escalando por un mur en busca de la luz.

El sonido del reloj, con su repetitivo timbre, me avisaba de que era la hora de partir. Mis ojos se centraron en su reflejo y se perdieron. ¿Cuales eran los reales? ¿Cuales reflejaban de verdad sus inquietudes?

Cogí la chaqueta y pasé por el salón a dar un beso cariñoso en la sien de mi esposa, que me despidió con una sonrisa satisfecha y comodidad en su postura. 

No había hecho nada y ya sentía que la engañaba con este plan que tenía. Mucho más tarde, recordando este momento, me di cuenta de que la sensación angustiosa de engaño, no iba hacia ella, sino hacia mi mismo; haciéndome, o más bien, intentando hacerme creer que era por ella y para ella por lo que seguía adentrándome en ese plan maravilloso que consistía en conocerte.

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Palabras

Como en otras ocasiones nadie me dio importancia cuando me uní a la masa de hombres que idolatraban al hombre al que había decidido buscar.

Aunque sabía que te encontrabas al frente, dirigiendo y recogiendo el escandaloso y elegante sonido de los numerosos nudillos contra madera, no me decidí a levantar la vista hasta que me encontraba ya sentado. Camuflado entre abrigos negros y humo de tabaco.

Habías madurado. Hasta tu voz sonaba con otra melodía, ahora más lenta y a mi parecer más seductora debido a lo que el tabaco producía en tu garganta.

Tu vestuario era completamente negro salvo un chaleco de seda roja que brillaba cuando te movías.

Esperé extasiado a que terminaras tu discurso y por fin, tras tanto tiempo, me di importancia y me dirigí ,entre otros, a tu figura estilizada.

A mi paso, encima de un asiento, olvidado, se encontraba tu último libro. Lo cogí y con él recorrí los últimos metros hasta ti. ¿Mirarías a los ojos cuando te hablara? ¿Sonreirías? ¿O adquirirías una postura educada y a la vez profesional para hablar con otro de tus seguidores?

Las palmas de mis manos, desnudas, se encontraban sudorosas ante el tacto que ofrecía la tela de la portada.

Otros, como yo, más adelantados, comenzaron a rodearte impidiéndome verte. Esperé impacientemente mi turno intentando hacerme paso entre tanta gente que me lo impedía. ¿Qué iba a decirte? No lo sabía. Estaba demasiado concentrado esperando verte cara a cara y en la proximidad que tienen dos conocidos. De repente, tus ojos me encontraron durante unos segundos y me regalaron una sonrisa cansada. 

-Espera, ahora te atiendo. ¿Llevas mucho tiempo esperando?- me preguntó a mí, y solo a mí, entre el gentío que, ahora que me fijaba, era más escaso y ya no parecía formarlo seguidores sino compañeros.

Asentí con retraso y apreté todavía más el libro entre mis manos hasta dejarme los nudillos blancos. ¿Qué era esto que sentía en el pecho? Miedo. Me di cuenta después. ¿Miedo por qué? ¿A qué me arriesgaba? ¿A qué le temía? Sin darme cuenta había bajado la vista al libro y lo miraba sin ver. Sentí una mano en el brazo y me sobresalté. Eras tú, que me mirabas con ojos de disculpa. 

-He visto que no te atrevías a pasar entre la gente.¿Y quien no? Algunos parecen animales- me dijiste en confidencia mientras tus ojos de carbón negro brillaban pícaros.-¿Querías una firma?- señalaste el libro y me lo quitaste de la mano a la vez que sacabas con tu izquierda una pluma plateada.

-Eres zurdo- señalé de forma inconsciente mientras escribías. Levantaste los ojos del papel y me observaste curioso.

-Si, y tu poco hablador. No muerdo.-Añadió riendo. No pude evitar empalidecer al saber que tu risa iba dirigida a mí. Eras amable. Te sonreí como pude y me encogí de hombros. Eres una celebridad, cohíbes un poco.- conteste de forma educada, intentando no sonar maleducado. 

Tu rostro me observó aún más atento y me regalaste una sonrisa torcida que hizo que mi corazón se contrajera.- Gracias por el libro-dije cogiéndoselo de las manos en un movimiento rápido. Empecé a irme tras una leve inclinación de cabeza para despedirme.

-Espera-me frenó- ven mañana a la cafetería del Mar Oriental. Haré una lectura de relatos cortos. Te gustará. No habrá tanta gente. Asentí con la cabeza incrédulo y me volví no sin antes escucharte “A las siete, espero que vengas, te esperaré”. 

Prólogo.

Entre edificios impersonales de ladrillo viejo se encontraba una construcción con grandes cristaleras separadas unas de otras por rectángulos de finas cuerdas estáticas de acero.

Esta construcción, de edificación reciente destacaba por su llamativo rojo típico de la arcilla recién modelada.

La puerta, de aspecto sencillo y tacto robusto se encontraba en uno de sus laterales, abrazada por dos ventana empañadas que dejaban traslucir una luz amarillenta que se veía reflejada en la nieve sucia de la entrada, que como cada año inundaba las calles.

Después de tantos años sin querer encontrarte me di cuenta de que tú, como artista ahora eras alguien. Habías crecido en el uso de las letras y tu público te seguía en silencio allá a donde fueras.

Ahora que quería encontrarte me resultó sencillo y fácil encontrar tu nombre. Lo escuchaba o lo leía en todo café,librería o paseante. Hablaban de ti admirados y muchos de ellos con descaro, envidiados por tu suerte y tu brillantez.

Me encontraba de pie delante de la biblioteca en la que sabía que estabas de conferencia. Mis pies comenzaban a estar empapados por la nieve derretida que poco a poco, milésima a milésima se acumulaba a mi alrededor.

Un golpe me hizo volver a la realidad. Interrumpía la entrada. Usando la estela de aquellos que entraban me aventuré a seguirles.

En el interior, el calor contrastaba con el frío de mis huesos. Me encontré de nuevo con una puerta de madera. Risas de hombres y el sonido de numerosos nudillos dando contra madera se filtraban por las paredes. En la puerta, un cartel que anunciaba el título de la conferencia y el nombre de su autor. Sonreí con ironía al conocer el título elegido. “Prólogo”. Casi parecía una broma del destino, pero gustoso acepté ese término para definir todo lo que había estado viviendo. Y como en un libro, para seguir leyendo hay que pasar página. Así que abrí la puerta y entré.

Decisión.

A veces ella se despertaba por la noche y me descubría cuando estaba perdido en mis sentimientos. Me miraba con ojos de sueños evaporándose y me sonreía mientras me señalaba un hueco en la cama antes de volverse a quedar tranquila.

El sentimiento de culpa me alcanzaba de lleno. Esa mujer, mi esposa, mi amate no merecía a medio hombre como era yo, como esposo.

Algunas noches lograba entender por qué ese hombre en particular se ancló tanto en mi alma. Ya no me preguntaba por qué él tenía que ser hombre. Después de años intentando comprenderlo decidí simplemente aceptarlo y hallar así una solución para olvidarlo, pero todo lo que lograba encontrar o descubrir se evaporaba al despertarme.

Un día una idea pasó por mi cabeza. Quizás si le conocía, si me convertía en su compañero, podría así engañar a esa imagen idealizada que había creado de él. Quizás así, al verle como un simple mortal, como un simple hombre como yo, todo se rompería y podría darla a ella el hombre que se merecía.

Una idea, que usándola como excusa y sabiéndolo, decidí poner en práctica.

Naufrago.

Poco a poco los años pasaron y la vida se convirtió en costumbre. Vivimos con sentimiento a gusto los primeros años de casados. Nos instalamos en uno de los pisos de la nueva avenida. Años de discusiones sencillas que se arreglaban con el sentimiento de que todo era muy reciente. La rutina todavía no se había convertido en costumbre y por tanto la vida aún nos parecía nueva.

Nuestra nueva casa estaba en la zona apuesta al café, cosa que interiormente me alegraba y a la vez me tranquilizaba. Tontamente pensaba que si me alejaba me aliviaría de esa presión de gravedad que se había instalado en mi cuerpo desde que supe de tu existencia. Pero, era entonces, cuando, en aquellos momentos en los que me sentaba en la esquina de la cocina, en uno de los taburetes de madera que compramos en el mercadillo de Madrid, mientras observaba tranquilos los movimientos pausados de mi  esposa, cuando entonces, quizás pensaba que esta tranquilidad que vivía observándola, podía tener el poder de echarte de mi mente.

Era entonces cuando me mentía y vivía tranquilo 1 o 2 días hasta que paseando cualquier día volvía a creer adivinarte en aquel banco, allá a lo lejos o detrás de mi esposa cuando ésta se paraba a mirar un escaparate.

Mi tranquilizadora mentira se evaporaba y siempre me venía  a la mente en esos momentos la figura de un naufrago, que sujeto a una tabla viaja sin sentido y agotado entre las olas interminables. Este naufrago de mi mente tomaba la iniciativa de darse muerte y descansar por fin, por lo que se soltaba del madero y se dejaba tragar por las aguas, las cuales en sus profundidades no le hacían daño ni le mareaban. Solo sentía el dolor agudo de su pecho y corazón, que al contrario que su mente querían seguir viviendo.

Me sentía comprendido por ese naufrago que siempre volvía a la superficie y a su tablero, teniendo la esperanza de volver a tierra, a casa, en ese mar luchador e infinito y sin orillas. Solo que yo, no tenía todavía, en contra de lo que estaba viviendo, un hogar al que llamar casa. Porque, aunque me costó aceptarlo, supe que no habría hogar para mí sino sabía que podría compartirlo contigo.

 

Boda falsa.

Matilde era callada, peo como muchos otros dicen, conseguí aprender cada una de sus miradas, que sin palabras, hablaban de todo.

Terminamos casándonos en una pequeña capilla que había a las afueras de la ciudad en donde empezó todo. Mis votos fueron sencillos, prácticos y de amor de hombre. Los suyos describieron a un hombre que no era yo. Allí, sus palabras te describieron como yo lo habría hecho.

Me asusté y por unas décimas de segundo pensé que lo sabía todo. Pero me equivocaba. Solo era feliz recitando aquello que sentía.

En mi interior mi “yo” gritaba, mientras que mi “yo” físico contemplaba todo. Acabábamos de casarnos. Acababa de casarse con una quimera, y yo, se lo había permitido.

Inicio doble.

Llevaba días sin ir al café. Ni siquiera paso por el limpio cristal del escaparate que quizás aun pasando sin pararme podría ver tu sombreado, allá, apoyado en una silla con gesto distraído. No. Decidía cortar con todo aquello Los días los contaba sin verte y mis pies, cuando mi cabeza estaba llena, me llevaban hacia el establecimiento sin mi permiso.

Pasaron las semanas, los meses y llegó el verano y por primera vez desde hace mucho evité volver al pueblo, aunque mi cabeza recorría el camino pedregoso una y otra vez.

Empecé a odiar la ciudad que me vio nacer. La odiaba porque ella no era la que te abarcaba, o quizás sí y continuabas yendo al café. Pero eso no podía asegurarlo ya que como me prometí no le di el gusto a mis piernas de recorrer d nuevo las baldosas que me llevaban hacia ti y tu libreta blanca que siempre descansaba sobre tus piernas dobladas.

Conocí a una mujer. Matilde. De cuerpo adulto y más vivido que el mío propio pero de alma y ojos jóvenes. Con ella descubrí el mundo que para nosotros era nuestro. Fueron tres años tranquilos llenos de vida. Los cuales pasé creyendo que cada día eras más difuso, pero no era cierto. Tu figura levemente se llenaba de bruma, pero tus palabras cogían forma y se anclaban.

Por las mañanas era fácil olvidarte, pero por las noches, cuando observaba por la ventaba cambiante las sombras oscuras que producía la luna, me acordaba de tus poesías o relatos. Aquellos que pensaba que no escuchaba cuando solo estaba atento a tu sonido, a tus gestos y a mis ensoñaciones.

Presencia.

Una vez descubierto tu escondite en la ciudad, convertí en costumbre esta vez, ir a aquel café cada día para poder verte. Estas veces, al sentarte en una de las sillas próximas al escenario, no te tapabas con esos grandes periódicos a los que me tenías acostumbrado. Tu postura, semejante. Tu tobillo, siempre vestido con ese calcetín negro, estaba apoyado en tu rodilla, y en las piernas, en el hueco, una gran libreta blanca. En tus manos solía haber un café, una pluma o un lápiz y en la mesa, y de forma permanente tres libros abiertos que ibas leyendo de vez en cuando.

A veces estabas acompañado y de verdad parecías disfrutarlo, y yo, incluso sonreía antes de darme cuenta y acordarme, de que no tenía derecho a hacerlo ya que no te era cercano. No me conocías y por consecuencia, no era ninguno de los que te rodeaban y te hablaban con soltura, sin darse cuenta de que eran envidiados o quizás sí y por eso se reían.

Pasaba el tiempo, y con él cada día te seguía observando. Algunos días me aventuraba a sentarme más cerca, otros, más lejos. Escuche cada uno de tus recitales atento. Aunque siendo sincero, nunca supe si era por tus palabras o porque en aquellos instantes podía observarte plenamente junto al resto sin sentirme mal por ello. Recitabas, y yo, como buen espectador te escuchaba en aquellos momentos en los que junto la atmosfera de palabras creada pensaba que solo éramos tú y yo. Tu voz se apagó y el ambiente se hizo opaco antes de que, de forma tenue, los aplausos llenaran la sala.

Algunos se acercaron a felicitarte, otros retomaron en sus mesas sus conversaciones y yo, como un autómata, me sentía impotente.

No había nada que me distinguiera de esos hombres, nada que me destacara del resto, nada que pudiera llamarte la atención y por primera vez no pude evitar aquel golpe que di contra la mesa lleno de ira que hizo que la sala se ensombreciera. Tus ojos se fijaron en mí… pero no quería que supieras de mi existencia así. No… Cabizbajo cogí la chaqueta y salí por la puerta sin mirar atrás, con los puños ardiendo y la impotencia en el pecho; mientras mi cabeza repetía una y otra vez “se acabó, ya está, nunca más”.

Conocimiento.

Llevaba días viéndote en el mismo sitio, la misma hora, el mismo banco. Tú no sabías de mi existencia. Todavía no. Leías el periódico y solo podía ver tu pelo oscuro. Nunca te vi la cara, nunca te vi de frente, o de cerca. Solo los martes a las cinco identificaba tu figura a lo lejos al atravesar el parque para ir a casa de mi tía, quien sorprendida por mi repentino interés por ir a verla, me recibía con los brazos abiertos acompañados de una taza de té con pastas.

El verano pasó y volví a la ciudad, introduciéndome de nuevo en la vida del trabajador burgués. Mi mente no te olvidada, y ella con su magia te completaba.

En mis ensoñaciones hablábamos siempre de trivialidades y siempre era yo quien me acercaba a tu banco y te preguntaba la hora o sobre la bolsa, porque en mi cabeza, estudiabas economía.

Había nevado,  y la nieve fría y blanca había pasado a ser esa mezcla gris y acuosa en las aceras.

Junto al invierno, un nuevo poeta había surgido; tétrico, romántico, espeluznante. Debutaba en un pequeño café del centro. Decidí ir a verle.

El recitado había empezado. Llegaba tarde. Abrí la puerta y te vi, en el centro. Eras tú. Te reías y un grupo de jóvenes te rodeaba, escuchándote con deleite. En tus manos había un libro. Acariciabas las hojas, pasándolas entre tus dedos. Quise ser ellas y asusté.

No pude contener la curiosidad mientras iba hacia mi mesa, de levantar la cabeza y ver tu rostro por vez primera. Tez pálida, ojos negros. Eras como había imaginado. Pasaste tus ojos una milésima de segundo por los míos. Y fue entonces, en ese momento cuando pensé que ya te conocía, inundándome con ese sentimiento de reencuentro al ver a un amigo de la infancia. Pero tú no conocías mi existencia, todavía no.

Inicio.

Mi mente divagaba usando el contorno de mi propio reflejo en el cristal empañado por la lluvia como carretera hacia lugares exóticos y llenos de posibilidades a los cuales solo se puede acceder en días de soledades. Mi mente recorría el contorno y sombreados una y otra vez sin cansarse hasta que las gotas, abrazadas al cristal, comenzaron a hacer carreras uniéndose unas a otras.

Observaba gustoso el proceso, que anteriormente, en mi infancia, había usado de entretenimiento. Al igual que antes, me sentía recluido en mi propia casa, solo que ahora ya había perdido todas las esperanzas que tiene todo niño al imaginarse un futuro fuera de las ventanas.  Mi niñez me miraba con desagrado al ver el presente que estaba viviendo, ya que ella quería ver mundo, ser escritora, poeta. Pero la vida la había ido templando y por miedo a perder lo que ya tenía, con cansancio comenzó a vivir la vida de su padre, de su abuelo, de su familia.

Dejé caer mi fruncida frente en el liso y frío cristal. Un suspiro de mi boca empañó levemente, escondiendo de mi percepción, una sombra oscura, que con paso rápido cruzaba la calle. De forma cansada me dirigí al salón a descansar, dando la espalda al reflejo, que ya no era mío sino un recuerdo más del cristal viejo.