Incidencias

Me trasladé a un cuarto de tu enorme casa pero del cual solo pisaba el suelo para pasar al vestidor y cambiarme, ya que allí solo durmieron las ropas, porque lo que era yo no. Me enseñaste cosas de la ciudad que no conocía. Parecía gustarte sorprenderme en cosas que incluso para mí eran demasiadas o que no quería conocer. 

Las noches ya no eran solo para dormir o soñar sino que incluso cambiamos los horarios y dormíamos tanto por las mañanas como por las tardes en aquellos butacones de la sala de la gran chimenea tras una larga noche o día de estar pasando de un lugar a otro.

La felicidad al verme libre poco a poco se fue empañando con la llegada de conocidos y familiares que, enfadados, me insultaban y amenazaban. Matilde me pidió el divorcio con razón y motivos y al aceptarlo comenzó también a alimentar a aquellos que me seguían con ganas de guerra.

Gente que incluso no conocía sabía de mi existencia. El trabajo se me antojaba el infierno, los clientes dejaron de quererme como su intermediario e incluso mi familia me desheredó y prohibió la entrada en la que había sido mi casa.

Tu me dabas ánimos cuando me veías alicaído y gris y me contabas tu experiencia y consejos que habías ido aprendiendo, pero a ti, en cambio, no habías tenido que sufrir la espalda de tus familiares, los cuales a ti te seguían queriendo y por tanto podías visitarlos cuando quisieras.

Yo me sentía solo y amarrado en un mar enfurecido a una única isla, que eras tu, que me impedía perderme en la agonía de no encontrar más tierra donde poder estar.

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Aire

Mi relación con Matilde comenzó a desmoronarse. Ya, al verla por nuestra casa no me inspiraba ningún sentimiento, cosa que me resultaba curiosa porque aún recordaba perfectamente como me sentía al verla unos pocos meses atrás.

Ella lo notaba y discutíamos. Palabras que ya no se evaporaban con portazos, abrazos o incluso “lo sientos”. Éstas ya tampoco se curaban con el tiempo sino que incluso me hacían ser testigo, en primera fila,de como el corazón de mi esposa se ennegrecía y comprimía hasta casi convertirse en un puño. Ella sufría por no entender que nos pasaba. Yo sufría por no atreverme a decirla la verdad.

Recuerdo que las noches en las que no podía dormir iba a verte, y era allí en esa oscuridad que nos protegía y acompañados del hilillo de humo acompasado que salía de la pipa que te regalé, cuando solucionábamos todo con palabras de mañana y sentimientos de noche.

Pero no fue hasta un día, solos ella y yo durante la comida cuando decidí contarla todo siendo sincero. Muchas cosas se rompieron esa tarde menos las palabras, que con cada segundo que pasaba se hacían más sólidas e inquebrantables. No se podía volver atrás y tras por fin decirlo, con la maleta en mano, la mejilla enrojecida y sin remordimientos me echó de la casa en la que había vivido enjaulado y por fin, aspiré el frío aire de la noche tras muchos años conteniendo el aliento. 

Despeinado

Entré de nuevo en aquella habitación de la que no había salido y me quitaste el abrigo de nuevo antes de llevarme a otro pequeño salón, al lado de una gran escalera de madera.

Aspiré aliviado el aroma de la sala, que por fin estaba sin humo y sin las sombras grises del tabaco. Una chimenea se encontraba de frente y allí me llevaste, a aquel sillón de terciopelo granate en donde me senté, mientras que tu apoyaste los hombros en la pared de la chimenea y me observaste.

-¿Por qué querías que viniera?-Conseguí preguntarte en aquel silencio hablado que estábamos manteniendo. Recuerdo que te encogiste de hombros y sonreíste y que incluso apoyaste el codo en la pared y la cabeza en tu mano. Parecías un chiquillo travieso y pensé que no era la primera vez que lo pensaba.

-Malcriado.-se me escapó decir. Tus ojos se agrandaron curiosos y tus labios, de forma divertida expresaron un “¿por qué?”. Ni yo sabía la respuesta pero una vez descubierto ese adjetivo no podía desitiquetártelo.-Ya lo descubriré.- y apoyé la espalda en la cara tapicería y los brazos en sus posabrazos.

-Me gustas-dijiste. Y aunque mi corazón se paró antes de empezar a martillear en mi pecho no mostré ninguna sorpresa. Mis ojos te observaban expectantes, golosos de tí y de tu fisionomía.- Eres perfecto.-Te contesté, y fue entonces cuando tú, silencioso, te sentaste en el posabrazos izquierdo y me echaste el flequillo, ya graso por el humo y el sudor hacia atrás, junto al resto. 

Saber

De repente llegó el día y fui a verte. La engañé diciendo que algunos compañeros me habían invitado a salir para celebrar mi recuperación. Mi dolor por mentirla se quedó bien profundo y olvidado bajo todos mis nervios por verte. ¿Por qué yo? ¿Por qué me invitabas? ¿Por qué te había llamado la atención?

Sabía que había sido yo quien llamó a tu puerta y sin embargo eso no hizo que no me sorprendiera por el sonido, que por primera vez desde que salí de casa, era externo a los que se producían en mi cabeza.

Primero salió el humo, después tu sombra, y por último, junto con el ruido, toda aquella materia que te daba forma. Me miraste sorprendido antes de que la alegría te entrara en los ojos y me invitaras a entrar. No estabas solo. El sonido de vasos, risas y el humo casi líquido que se formaba y acumulaba por el techo lo confirmaban. Tosí. No pude evitarlo. Casi se podía masticar.

Me presentaste a tus compañeros; hombres de aspecto serio pero que parecían estar relajados a tu alrededor. Me fijé en que no había mujeres y, intentando hacer memoria, me di cuenta de que nunca te había visto con ninguna.

La noche fue pasando y poco a poco algunos de ellos se fueron yendo. Me sentía incómodo, el humo me aturdía y las conversaciones alcanzaban niveles que no entendía y me hacían cuestionarme si acaso ellos sabían de lo que hablaban o simplemente fingían para luchar en aquello que parecía un combate en el cual, el ganador se llevaba una risa tuya o una respuesta.

-Estoy ya cansado caballeros y creo que ya es suficientemente tarde como para irse a dormir.-dijiste con sorna haciendolos reir. Nos fuimos levantando menos uno. Un hombre mayor, de un rubio envejecido que ya era más platino que rubio y de unos ojos azules desvalidos. Me había fijado en él durante la cena, y que se había sentado próximo a ti y no parecía que luchase en ese combate verbal del resto.

-No..hoy no, estoy cansado..-escuché de tus labios mientras me ponía el abrigo. No pude evitar girarme  y ver que se lo decías a él, que tras sacudir la cabeza un poco a los lados se encogió de hombres y susurró algo que hizo que tu como respuesta le dieras una sonrisa triste.

Estaba ya en el quicio, esperando que te acercaras para despedirme, pero fui ahí, mientras dejaba pasar al hombre de las sienes plateadas cuando me cogiste de la muñeca y negaste con la cabeza.- Quédate un poco más, no hemos podido hablar.

Él te oyó y se giró levemente, lanzándome una mirada que me sobrecogió el alma. Había dolor reciente en sus ojos y lo que es más, una resignación tan grande, que casi parecía que él sabía que iba a sufrirla. Algo que yo no pude entender y que, por lo que ahora sé, no quise haber sabido nunca. 

 

Mirada

Poco a poco fui recuperándome, pero aún quedaba en mi alma los restos de mi caída, provocando que ni aunque estuviera del todo recuperado mostrara buenos síntomas.

“Ataque de ansiedad” decían los doctores y médicos que me visitaban por petición de mi esposa, que, preocupada por mi cambio no se separaba de mí ni descansaba en cuidados que yo sabía que eran innecesarios.

El peor día fue cuando entraste en mi salón guiado por ella. “Uno de tus compañeros ha venido a verte” me dijo sonriente. Recuerdo que estaba leyendo uno de tus libros, intentando así sentirte más cercano y aliviar mi alma quejumbrosa.

El libro se me cayó de las manos al reconocerte y mis piernas se pusieron de pie en un acto reflejo, provocando que el libro rebotara inerte en la alfombra, quedándose abierto por la página trece.

Te agachaste con gracia y aún en cuclillas, cogiste el libro y me miraste con algo de sorpresa, pero que fue rápidamente sustituido por picardía. 

No nos dijimos nada, seguía demasiado descolocado al verte como para poder reaccionar y tu, ya de pie, simplemente ojeabas el libro con cuidado y, antes de cerrarlo, acariciaste tus propias letras de la firma que me dedicaste en él, a la vez que tus ojos se clavaban en los míos. En los cuales podía ver mi silueta recortada.

Antes de irte sacaste un papel y lo perdiste entre las hojas. Bajaste la cabeza no si antes sonreírme y te fuiste. Ya solo sin él busqué la hoja en la que encontré escrito con cuidado “me debes una cena”.

Sueño

Me siento como si estuviera entre dos trenes. El de la derecha es en el que he venido, pero la vía se ha acabado y tengo que pasar al otro lado para pasar al que está a mi izquierda. Tren que me espera con el insistente pitido que me indica que queda muy poco para que se cierren las puertas.

Yo, como si se tratase de un sueño no puedo moverme, solo mirar alternativamente de un lado a otro, esperando sin verte que salgas del primer tren y entremos juntos al siguiente. Pero eso no pasa. Y como en un mal sueño, la agonía reside en eso. En que no pasa nada.

Me desperté de golpe y sin embargo todo a mi alrededor parecía tranquilo. El peso de la mano de mi esposa en la mía era lo único que me aseguraba que estaba despierto. Este tipo de apreciación tan exacta todavía ni en sueños la había logrado para cuando soñaba contigo.

Oscuridad

Todo daba vueltas, todo se movía menos el pasmoso gira de las manecillas del reloj del cuarto. Lo llamé “guardián” porque casi parecía que me estaba diciendo que esperase, que nunca me iba a dejar a ir a verte por el sin razón e incomplejidad  de mi deseo incomprehensible.

Acompañé a mi esposa al centro. Dimos más vueltas y terminé aturdiéndome de nuevo. Nos encontramos con unos viejos amigos. Habían tenido un niño y lo paseaban orgullosos.

Fuimos todos juntos a una café, y , entre charla y charla, observaba a mi esposa con el pequeño niño de ambos en brazos. Sus ojos brillaban como nunca, sus labios mostraban una sonrisa que jamás había visto.

El tiempo pasaba aunque no se percibiera y sabía que dentro de pocos años ella no podría albergar un hijo suyo.

Suyo. Me quedé pensativo ante esta revelación que había tenido. ¿Por qué suyo? ¿Por qué no nuestro? ¿Quizás porque pensaba que en un futuro no muy lejano ya no iba a estar con ella?Otro pensamiento me inundó la mente. ¿ Y si ella me daba un hijo? ¿Iba a hacer como con ella?¿ Vivir y regalarle una realidad que era todo engaño? La quería, sí. Y sabía que querría a nuestro hijo. ¿Pero qué clase de padre, de persona, ama más a otro que a su propia familia? ¿Más que a la sangre de su sangre?

Las tripas se me encogieron, al igual que el corazón, que supe en momento dejó de latir antes de que la negrura me albergara.

Letras

La letra ante mis ojos temblaba debido a la inseguridad que había en mis dedos sujetándola. Me habías encontrado. Alguien que conocías era compañero mío en el trabajo. Te facilitó mi dirección y mi nombre. Escuché como en eco las letras que formaban mi nombre por tus labios, que entre calada y calada de aquel amigo tuyo que era el cigarro, me llamaban.

Me senté sin proponermelo en un banco. Mis piernas debieron saber que ellas solas no iban a poder contener de pie toda esa carga que se me añadió en la nuca y espalda.

En tu carta, con esa letra tuya que ya adoraba, me decías cosas a mi parecer preciosas. Eran varias y significaban todas lo mismo; “Reúnete mañana conmigo. Hablemos mañana a las siete, antes de la cena”.

Malas pasadas

Habían pasado dos días desde aquella noche que no olvidaría.

Pasé los minutos que podía y aquellos no debía intentando averiguar como sucedió todo. Esta vez, ya no buscando una explicación, sino un mero recuerdo o indicio de él. Podríamos llamarlo curiosidad, una curiosidad que no lograba satisfacer sobre mi propia vida.

Descubrí que mi mente me jugaba malas pasadas cuando intentaba recordar dónde fue la primera vez que vi esa sombra oscura y alta tuya, que en aquel entonces pasé por alto sin darme cuenta de que en un futuro no muy lejano, mi propia existencia giraría ante ella; cautelosa, paciente y con cuidado de no ser descubierta hasta que llegara el momento propicio… que no llegaba nunca salvo en sueños o ensoñaciones. O cuando la veía allá a lo lejos y mi corazón te descubría antes que mi razón. Era entonces cuando pensaba seguirla y así presentarme a ti, su dueño, pero nunca lo hacía. Quizás por miedo. Quizás por cobardía. Quizás porque pensaba que habría siempre otro día que fuera mejor para conocerte.

Me encontraba en el salón, en mi butaca de terciopelo verde, observando sin ver las labores de mi esposa. La pregunté que tal estaba, me respondió con esa sonrisa en los labios que ya antes había besado. Como si no pudiera evitarlo me levanté y se los rocé con los míos, haciendo que una parte de mi mente se atreviera a imaginar como serían los tuyos.

Con ese pensamiento amargo y dulce me dirigí hacia la puerta a dar un paseo por el parque cercano, pero el destino, con sus torpes intentos, hizo que viera como una carta blanca, lacrada, de papel duro y aspecto caro cayera segura sobre el suelo de la entrada.

Al cogerla no pude evitar las ganas de esconderla, de hacerla desaparecer, porque solo viendo la tipografía que adornaba la dirección y mi nombre, supe que era la tuya, convirtiéndola en un objeto que reflejaba mi traición hacia ella. Giré la cabeza para ver si ella había visto algo, pero lo único que vi fue a ella. De espaldas a mí, sentada en aquella butaca negra y pequeña que me permitía ver como su espalda estaba algo encorvada, al igual que su cuello, que caía hacia delante provocando que unos rizos jóvenes de su nuca cayeran algo largos y difusos por ella. La luz, situada delante de ella, provocaba que sus cabellos refulgieran aún más rubios y brillantes. Sobrenaturales. Mi corazón comenzó a  tamborilear con ritmo de guerra, de lamento, anunciando los pesares que vendrían después. Estaba engañando a un ángel y mi corazón lo sabía, pero mi mente quería más y más.

Con paso inseguro salí a dar aquel paseo que ya no era tal sino una mentira, un encubrimiento que me permitiera leer una carta, que aunque sabía que era inocente, para mi nunca lo sería tanto como para pasarla por alto y no darla una importancia que no tenía.

Templado

Humo, ruido y cuerpos embutidos en ropas caras.

Cada hombre llevaba de acompañante una pipa y fue ese ambiente el que me llevó a recordar mis días en la universidad. Aquellos días en los que vivía tranquilo pasando las noches y algunos días en la hermandad, soñando y haciendo reflexiones que en aquel entonces, pensábamos que harían temblar a algunos filósofos.

Me senté en un taburete alto que había cerca de la barra y apoyé mi espalda en su borde mientras observaba con apariencia tranquila el entorno.

El sonido fue desapareciendo y dejó paso al choque que producía un cubierto sobre una copa. 

La luz se fue apagando, y al fondo del lugar se volvió a encender una vieja vela que coronaba una montaña de cera derretida en lo alto de un gran atril de madera.

Apareciste con una sonrisa pícara y hojeaste tu nuevo libro ante la atenta mirada de tu público, y, de repente, con un movimiento fluido, lo tiraste a la chimenea que te hacía sombra por detrás.

Hiciste una broma al respecto que ya no recuerdo con suficiente exactitud como para plasmarla y que refleje ese humor tan fino, elegante y altivo, que te definía.

Tu público se rió, alguno silbó. Yo simplemente sonreí porque me daba cuenta de que iba a ser imposible conocerte del todo. Siempre tendría preguntas que hacerte, siempre querría conocerte más hondo.

Como cada discurso que oía de ti, hizo que sintiera como el tiempo pasaba rápido a tu alrededor y se difuminaba mientras que tú, con tu posición en el centro de mi visión y controlador de mis movimientos sin que lo quisieras, te movías despacio,como si quisieras que te memorizase segundo a segundo, décima a décima.

Te llevabas el cigarro a los labios con una postura en tus dedos perfecta. Quise ser humo de tabaco y ésta vez, no me asusté.

El ruido volvió y nos regalaste un “gracias” con una elegante y casi rebelde reverencia. Cuando te erguiste me encontraste. Recuerdo cada una de tus sonrisas y esa era de satisfacción esperada. Tras unos minutos, los cuales pasaste despechando a conocidos con suaves golpes en los hombros, te acercaste.

Las manos metidas en los bolsillos, los hombros caídos hacia atrás, un mechón rebelde te acariciaba el pómulo derecho.

-¿Te ha gustado?-me preguntaste esperando de verdad mi opinión. Asentí con la cabeza y pedí dos cervezas.

-Creí que este ambiente te soltaría más la lengua- me guiñaste el ojo y aceptaste mi cerveza. Me encogí de hombros.- No suelo hablar mucho, y tú sigues cohibiendo.- sonreí y me atreví a mantener la conversación mirándote a los ojos.

-Pues se acabó es de cohibir.- cogiste un taburete y te quitaste la chaqueta, descubriendo un chaleco azul marino.- Ahora somos dos compañeros que hablan.-apoyaste el codo en la barra y la cabeza en la mano, adquiriendo una postura de chaval. No pude evitar no sonreír.

-Compañeros pues.-alcé el vaso en tu honor antes de dar un trago.

Hablamos horas y horas y no me perdí detalle de todo tu ser. Eras enérgico y me preguntabas cosas insignificantes, como si saber solo la superficie te bastara, o como si saber lo más extraño y natural de uno mismo te entretuviera. No sabía porque me habías elegido a mí, pero por lo que parecía, éramos de personalidades muy distintas. Quizás eso te atrajo. Aunque ambos podíamos tener posturas relajadas, en realidad guardábamos carácter y naturalezas fuertes. La mía templada, calculadora y paciente. La tuya demasiado viva y curiosa. Características que contrastaban con tus libros, llenos de romances oscuros e imposibles sino son mas allá del horizonte de la muerte.

Era tarde y debía volver con mi esposa, por lo que me despedí con reticencia de ti, que te quejaste de que me fuera tan temprano.

-Nunca sería tarde si por mi fuera- te respondí. Frase que te dejó pensativo mientras me abrigaba hasta que terminaste sonriendo.-Ven otro día.-Hice un asentimiento de cabeza y salí, haciendo que el frío me golpeara mi alma, que tras mucho tiempo, por fin estaba templada.