Incidencias

Me trasladé a un cuarto de tu enorme casa pero del cual solo pisaba el suelo para pasar al vestidor y cambiarme, ya que allí solo durmieron las ropas, porque lo que era yo no. Me enseñaste cosas de la ciudad que no conocía. Parecía gustarte sorprenderme en cosas que incluso para mí eran demasiadas o que no quería conocer. 

Las noches ya no eran solo para dormir o soñar sino que incluso cambiamos los horarios y dormíamos tanto por las mañanas como por las tardes en aquellos butacones de la sala de la gran chimenea tras una larga noche o día de estar pasando de un lugar a otro.

La felicidad al verme libre poco a poco se fue empañando con la llegada de conocidos y familiares que, enfadados, me insultaban y amenazaban. Matilde me pidió el divorcio con razón y motivos y al aceptarlo comenzó también a alimentar a aquellos que me seguían con ganas de guerra.

Gente que incluso no conocía sabía de mi existencia. El trabajo se me antojaba el infierno, los clientes dejaron de quererme como su intermediario e incluso mi familia me desheredó y prohibió la entrada en la que había sido mi casa.

Tu me dabas ánimos cuando me veías alicaído y gris y me contabas tu experiencia y consejos que habías ido aprendiendo, pero a ti, en cambio, no habías tenido que sufrir la espalda de tus familiares, los cuales a ti te seguían queriendo y por tanto podías visitarlos cuando quisieras.

Yo me sentía solo y amarrado en un mar enfurecido a una única isla, que eras tu, que me impedía perderme en la agonía de no encontrar más tierra donde poder estar.

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