Saber

De repente llegó el día y fui a verte. La engañé diciendo que algunos compañeros me habían invitado a salir para celebrar mi recuperación. Mi dolor por mentirla se quedó bien profundo y olvidado bajo todos mis nervios por verte. ¿Por qué yo? ¿Por qué me invitabas? ¿Por qué te había llamado la atención?

Sabía que había sido yo quien llamó a tu puerta y sin embargo eso no hizo que no me sorprendiera por el sonido, que por primera vez desde que salí de casa, era externo a los que se producían en mi cabeza.

Primero salió el humo, después tu sombra, y por último, junto con el ruido, toda aquella materia que te daba forma. Me miraste sorprendido antes de que la alegría te entrara en los ojos y me invitaras a entrar. No estabas solo. El sonido de vasos, risas y el humo casi líquido que se formaba y acumulaba por el techo lo confirmaban. Tosí. No pude evitarlo. Casi se podía masticar.

Me presentaste a tus compañeros; hombres de aspecto serio pero que parecían estar relajados a tu alrededor. Me fijé en que no había mujeres y, intentando hacer memoria, me di cuenta de que nunca te había visto con ninguna.

La noche fue pasando y poco a poco algunos de ellos se fueron yendo. Me sentía incómodo, el humo me aturdía y las conversaciones alcanzaban niveles que no entendía y me hacían cuestionarme si acaso ellos sabían de lo que hablaban o simplemente fingían para luchar en aquello que parecía un combate en el cual, el ganador se llevaba una risa tuya o una respuesta.

-Estoy ya cansado caballeros y creo que ya es suficientemente tarde como para irse a dormir.-dijiste con sorna haciendolos reir. Nos fuimos levantando menos uno. Un hombre mayor, de un rubio envejecido que ya era más platino que rubio y de unos ojos azules desvalidos. Me había fijado en él durante la cena, y que se había sentado próximo a ti y no parecía que luchase en ese combate verbal del resto.

-No..hoy no, estoy cansado..-escuché de tus labios mientras me ponía el abrigo. No pude evitar girarme  y ver que se lo decías a él, que tras sacudir la cabeza un poco a los lados se encogió de hombres y susurró algo que hizo que tu como respuesta le dieras una sonrisa triste.

Estaba ya en el quicio, esperando que te acercaras para despedirme, pero fui ahí, mientras dejaba pasar al hombre de las sienes plateadas cuando me cogiste de la muñeca y negaste con la cabeza.- Quédate un poco más, no hemos podido hablar.

Él te oyó y se giró levemente, lanzándome una mirada que me sobrecogió el alma. Había dolor reciente en sus ojos y lo que es más, una resignación tan grande, que casi parecía que él sabía que iba a sufrirla. Algo que yo no pude entender y que, por lo que ahora sé, no quise haber sabido nunca. 

 

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