Mirada

Poco a poco fui recuperándome, pero aún quedaba en mi alma los restos de mi caída, provocando que ni aunque estuviera del todo recuperado mostrara buenos síntomas.

“Ataque de ansiedad” decían los doctores y médicos que me visitaban por petición de mi esposa, que, preocupada por mi cambio no se separaba de mí ni descansaba en cuidados que yo sabía que eran innecesarios.

El peor día fue cuando entraste en mi salón guiado por ella. “Uno de tus compañeros ha venido a verte” me dijo sonriente. Recuerdo que estaba leyendo uno de tus libros, intentando así sentirte más cercano y aliviar mi alma quejumbrosa.

El libro se me cayó de las manos al reconocerte y mis piernas se pusieron de pie en un acto reflejo, provocando que el libro rebotara inerte en la alfombra, quedándose abierto por la página trece.

Te agachaste con gracia y aún en cuclillas, cogiste el libro y me miraste con algo de sorpresa, pero que fue rápidamente sustituido por picardía. 

No nos dijimos nada, seguía demasiado descolocado al verte como para poder reaccionar y tu, ya de pie, simplemente ojeabas el libro con cuidado y, antes de cerrarlo, acariciaste tus propias letras de la firma que me dedicaste en él, a la vez que tus ojos se clavaban en los míos. En los cuales podía ver mi silueta recortada.

Antes de irte sacaste un papel y lo perdiste entre las hojas. Bajaste la cabeza no si antes sonreírme y te fuiste. Ya solo sin él busqué la hoja en la que encontré escrito con cuidado “me debes una cena”.

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