Despeinado

Entré de nuevo en aquella habitación de la que no había salido y me quitaste el abrigo de nuevo antes de llevarme a otro pequeño salón, al lado de una gran escalera de madera.

Aspiré aliviado el aroma de la sala, que por fin estaba sin humo y sin las sombras grises del tabaco. Una chimenea se encontraba de frente y allí me llevaste, a aquel sillón de terciopelo granate en donde me senté, mientras que tu apoyaste los hombros en la pared de la chimenea y me observaste.

-¿Por qué querías que viniera?-Conseguí preguntarte en aquel silencio hablado que estábamos manteniendo. Recuerdo que te encogiste de hombros y sonreíste y que incluso apoyaste el codo en la pared y la cabeza en tu mano. Parecías un chiquillo travieso y pensé que no era la primera vez que lo pensaba.

-Malcriado.-se me escapó decir. Tus ojos se agrandaron curiosos y tus labios, de forma divertida expresaron un “¿por qué?”. Ni yo sabía la respuesta pero una vez descubierto ese adjetivo no podía desitiquetártelo.-Ya lo descubriré.- y apoyé la espalda en la cara tapicería y los brazos en sus posabrazos.

-Me gustas-dijiste. Y aunque mi corazón se paró antes de empezar a martillear en mi pecho no mostré ninguna sorpresa. Mis ojos te observaban expectantes, golosos de tí y de tu fisionomía.- Eres perfecto.-Te contesté, y fue entonces cuando tú, silencioso, te sentaste en el posabrazos izquierdo y me echaste el flequillo, ya graso por el humo y el sudor hacia atrás, junto al resto. 

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