Oscuridad

Todo daba vueltas, todo se movía menos el pasmoso gira de las manecillas del reloj del cuarto. Lo llamé “guardián” porque casi parecía que me estaba diciendo que esperase, que nunca me iba a dejar a ir a verte por el sin razón e incomplejidad  de mi deseo incomprehensible.

Acompañé a mi esposa al centro. Dimos más vueltas y terminé aturdiéndome de nuevo. Nos encontramos con unos viejos amigos. Habían tenido un niño y lo paseaban orgullosos.

Fuimos todos juntos a una café, y , entre charla y charla, observaba a mi esposa con el pequeño niño de ambos en brazos. Sus ojos brillaban como nunca, sus labios mostraban una sonrisa que jamás había visto.

El tiempo pasaba aunque no se percibiera y sabía que dentro de pocos años ella no podría albergar un hijo suyo.

Suyo. Me quedé pensativo ante esta revelación que había tenido. ¿Por qué suyo? ¿Por qué no nuestro? ¿Quizás porque pensaba que en un futuro no muy lejano ya no iba a estar con ella?Otro pensamiento me inundó la mente. ¿ Y si ella me daba un hijo? ¿Iba a hacer como con ella?¿ Vivir y regalarle una realidad que era todo engaño? La quería, sí. Y sabía que querría a nuestro hijo. ¿Pero qué clase de padre, de persona, ama más a otro que a su propia familia? ¿Más que a la sangre de su sangre?

Las tripas se me encogieron, al igual que el corazón, que supe en momento dejó de latir antes de que la negrura me albergara.

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