Malas pasadas

Habían pasado dos días desde aquella noche que no olvidaría.

Pasé los minutos que podía y aquellos no debía intentando averiguar como sucedió todo. Esta vez, ya no buscando una explicación, sino un mero recuerdo o indicio de él. Podríamos llamarlo curiosidad, una curiosidad que no lograba satisfacer sobre mi propia vida.

Descubrí que mi mente me jugaba malas pasadas cuando intentaba recordar dónde fue la primera vez que vi esa sombra oscura y alta tuya, que en aquel entonces pasé por alto sin darme cuenta de que en un futuro no muy lejano, mi propia existencia giraría ante ella; cautelosa, paciente y con cuidado de no ser descubierta hasta que llegara el momento propicio… que no llegaba nunca salvo en sueños o ensoñaciones. O cuando la veía allá a lo lejos y mi corazón te descubría antes que mi razón. Era entonces cuando pensaba seguirla y así presentarme a ti, su dueño, pero nunca lo hacía. Quizás por miedo. Quizás por cobardía. Quizás porque pensaba que habría siempre otro día que fuera mejor para conocerte.

Me encontraba en el salón, en mi butaca de terciopelo verde, observando sin ver las labores de mi esposa. La pregunté que tal estaba, me respondió con esa sonrisa en los labios que ya antes había besado. Como si no pudiera evitarlo me levanté y se los rocé con los míos, haciendo que una parte de mi mente se atreviera a imaginar como serían los tuyos.

Con ese pensamiento amargo y dulce me dirigí hacia la puerta a dar un paseo por el parque cercano, pero el destino, con sus torpes intentos, hizo que viera como una carta blanca, lacrada, de papel duro y aspecto caro cayera segura sobre el suelo de la entrada.

Al cogerla no pude evitar las ganas de esconderla, de hacerla desaparecer, porque solo viendo la tipografía que adornaba la dirección y mi nombre, supe que era la tuya, convirtiéndola en un objeto que reflejaba mi traición hacia ella. Giré la cabeza para ver si ella había visto algo, pero lo único que vi fue a ella. De espaldas a mí, sentada en aquella butaca negra y pequeña que me permitía ver como su espalda estaba algo encorvada, al igual que su cuello, que caía hacia delante provocando que unos rizos jóvenes de su nuca cayeran algo largos y difusos por ella. La luz, situada delante de ella, provocaba que sus cabellos refulgieran aún más rubios y brillantes. Sobrenaturales. Mi corazón comenzó a  tamborilear con ritmo de guerra, de lamento, anunciando los pesares que vendrían después. Estaba engañando a un ángel y mi corazón lo sabía, pero mi mente quería más y más.

Con paso inseguro salí a dar aquel paseo que ya no era tal sino una mentira, un encubrimiento que me permitiera leer una carta, que aunque sabía que era inocente, para mi nunca lo sería tanto como para pasarla por alto y no darla una importancia que no tenía.

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