Templado

Humo, ruido y cuerpos embutidos en ropas caras.

Cada hombre llevaba de acompañante una pipa y fue ese ambiente el que me llevó a recordar mis días en la universidad. Aquellos días en los que vivía tranquilo pasando las noches y algunos días en la hermandad, soñando y haciendo reflexiones que en aquel entonces, pensábamos que harían temblar a algunos filósofos.

Me senté en un taburete alto que había cerca de la barra y apoyé mi espalda en su borde mientras observaba con apariencia tranquila el entorno.

El sonido fue desapareciendo y dejó paso al choque que producía un cubierto sobre una copa. 

La luz se fue apagando, y al fondo del lugar se volvió a encender una vieja vela que coronaba una montaña de cera derretida en lo alto de un gran atril de madera.

Apareciste con una sonrisa pícara y hojeaste tu nuevo libro ante la atenta mirada de tu público, y, de repente, con un movimiento fluido, lo tiraste a la chimenea que te hacía sombra por detrás.

Hiciste una broma al respecto que ya no recuerdo con suficiente exactitud como para plasmarla y que refleje ese humor tan fino, elegante y altivo, que te definía.

Tu público se rió, alguno silbó. Yo simplemente sonreí porque me daba cuenta de que iba a ser imposible conocerte del todo. Siempre tendría preguntas que hacerte, siempre querría conocerte más hondo.

Como cada discurso que oía de ti, hizo que sintiera como el tiempo pasaba rápido a tu alrededor y se difuminaba mientras que tú, con tu posición en el centro de mi visión y controlador de mis movimientos sin que lo quisieras, te movías despacio,como si quisieras que te memorizase segundo a segundo, décima a décima.

Te llevabas el cigarro a los labios con una postura en tus dedos perfecta. Quise ser humo de tabaco y ésta vez, no me asusté.

El ruido volvió y nos regalaste un “gracias” con una elegante y casi rebelde reverencia. Cuando te erguiste me encontraste. Recuerdo cada una de tus sonrisas y esa era de satisfacción esperada. Tras unos minutos, los cuales pasaste despechando a conocidos con suaves golpes en los hombros, te acercaste.

Las manos metidas en los bolsillos, los hombros caídos hacia atrás, un mechón rebelde te acariciaba el pómulo derecho.

-¿Te ha gustado?-me preguntaste esperando de verdad mi opinión. Asentí con la cabeza y pedí dos cervezas.

-Creí que este ambiente te soltaría más la lengua- me guiñaste el ojo y aceptaste mi cerveza. Me encogí de hombros.- No suelo hablar mucho, y tú sigues cohibiendo.- sonreí y me atreví a mantener la conversación mirándote a los ojos.

-Pues se acabó es de cohibir.- cogiste un taburete y te quitaste la chaqueta, descubriendo un chaleco azul marino.- Ahora somos dos compañeros que hablan.-apoyaste el codo en la barra y la cabeza en la mano, adquiriendo una postura de chaval. No pude evitar no sonreír.

-Compañeros pues.-alcé el vaso en tu honor antes de dar un trago.

Hablamos horas y horas y no me perdí detalle de todo tu ser. Eras enérgico y me preguntabas cosas insignificantes, como si saber solo la superficie te bastara, o como si saber lo más extraño y natural de uno mismo te entretuviera. No sabía porque me habías elegido a mí, pero por lo que parecía, éramos de personalidades muy distintas. Quizás eso te atrajo. Aunque ambos podíamos tener posturas relajadas, en realidad guardábamos carácter y naturalezas fuertes. La mía templada, calculadora y paciente. La tuya demasiado viva y curiosa. Características que contrastaban con tus libros, llenos de romances oscuros e imposibles sino son mas allá del horizonte de la muerte.

Era tarde y debía volver con mi esposa, por lo que me despedí con reticencia de ti, que te quejaste de que me fuera tan temprano.

-Nunca sería tarde si por mi fuera- te respondí. Frase que te dejó pensativo mientras me abrigaba hasta que terminaste sonriendo.-Ven otro día.-Hice un asentimiento de cabeza y salí, haciendo que el frío me golpeara mi alma, que tras mucho tiempo, por fin estaba templada. 

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